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sábado, 21 de agosto de 2010

Efrén Rebolledo. Vida y obra


Efrén Rebolledo es el seudónimo de Santiago Procopio, poeta y diplomático mexicano nacido en Actopan, Hidalgo el nueve de julio de 1877. Si bien nació y creció en un ambiente de menesteres económicos, tuvo el talento y capacidad suficientes para desarrollar, no sólo carrera en el servicio exterior mexicano, también como poeta y en ese ámbito, -el de las letras- se ha caracterizado por la temática erótica e intensa de su obra.

De Efrén Rebolledo se exalta que obtuvo una beca del Instituto Científico y Literario de Pachuca, para continuar sus estudios y que se recibió como abogado en la Escuela Nacional de Jurisprudencia.

Su vida encontró las primeras nociones de poesía a temprana edad, pero es hasta 1899 que se da a conocer como poeta, es en el periódico El Mundo que ve publicado su primer poema, Medallón. Es de suponerse que a partir de esos momentos el mundo literario se ocupará de sus trabajos y en consecuencia, en nuestros días se le recuerda por ser quién introdujo el erotismo en la poesía mexicana y por ser de los primeros que llevaron a las letras de nuestro país, el japonismo.

Cabe decir que Rebolledo forma parte de esa lista de autores que fuera de México cultivaron y vieron nacer muchas de sus obras. Al respecto, el autor realizó su carrera diplomática paralela a la de poeta. Mientras era Cónsul de México en Guatemala (1901-1907) aparecen los siguientes trabajos: Cuarzos (1902), Más allá de las nubes (1903), Hilo de corales (1904), Estela y Joyeles (1907) y Rimas japonesas (1907).

Durante su estadía en Noruega escribe Joyelero y Saga de Sigrida la Blonda, las dos de 1922. Por supuesto la obra de Rebolledo abarca otros títulos, pero en estas líneas cabe precisar los trabajos que realizó fuera del país.

A pesar de sus prolongadas ausencias de México, su obra era comentada en la prensa literaria por otros autores como José Juan Tablada, de hecho el texto de Tablada titulado “Máscara”, sirve más tarde como prólogo de Joyeles.

Entre las publicaciones donde se hablaba de Efrén Rebolledo, destacan la Revista Moderna, misma que albergó varias de sus colaboraciones. A propósito, se debe decir que un dato interesante en su vida literaria corresponde al trabajo en equipo que realizó con López Velarde para dirigir también una revista, la llamada Pegaso, en la que publicó muy poco.

Como ya se ha mencionado, dos actividades fundamentales se circunscriben en la vida de Rebolledo, la de diplomático y la de literato; en la primera fungió como tercer secretario de la legación mexicana para Centroamérica y cónsul de México en Guatemala;fue primer y segundo secretario de la legación de México en Tokio y encargado de negocios de México ante Japón; primer secretario de la legación mexicana en Noruega, consejero en Bruselas, jefe de protocolo, primer introductor de embajadores y embajador en Cuba y embajador en Chile.

La anterior exposición de parte de su currículo significa también un detonante inspirador, pues del desarrollo de su vida cotidiana en cada uno de estos países, absorve los detalles culturales de éstos y da cuenta de sus impresiones en algunos de sus trabajos. Por si fuera poco mencionarlo, es en esta circunstancia de extranjero que una parte considerable de su trabajo nace.

Estudiosos en la materia, como Allen W. Phillips, distingue cuatro etapas en la vida literaria de Rebolledo y señala que ésta estuvo condicionada por sus estancias en el extranjero. La primera etapa se inicia con la publicación de su primera novela El enemigo y termina con la aparición de Joyeles. Una segunda etapa es la de influencia japonesa, en este periodo se da a conocer Rimas japonesas y su obra se nutre con una tercia de libros: Nikko, Hojas de bambú y Caprichos.

La tercera etapa que señala Phillips es la de su regreso a México hacia 1916 y significa un periodo de productividad literaria, encontramos en este año que aparece Caro victrix, y Libro de loco amor. Otros de sus trabajos durante su estadía en México son El desencanto de Dulcinea y Salamandra de 1919.

Nuevamente sale de México con destino a Noruega y es publicada Saga de Sigrida la Blonda y Joyelero, ambas cierran su vida literaria y el 10 de diciembre de 1929 muere en Madrid.

Ciertamente el autor se caracteriza por la temática que aborda en sus trabajos y de todos ellos los que mayormente son citados son los sonetos de Caro Victrix y Salamandra, de este último, Luis Mario Schneider señala que “es la novela breve que compendia de manera fascinante el bizantinismo, dandysmo y afrancesamiento de la vida nacional de finales y comienzos de siglo”.

No hay que perder de vista el contexto social en que nace esta novela y la corriente en la que se adhiere, el modernismo, pero como tal no sólo lo encontramos manifestado en la literatura, tiene alcances en la pintura, la escultura, el dibujo y el grabado, de tal forma que se observa en el modernismo una forma de exaltar la vida y exaltarla implica para autores como Rebolledo, plasmar y plantear las virtudes de los sentidos y las intensidades experimentadas por el hombre desprendidas del amor carnal.

Es de suponer que Rebolledo conoce de lo que habla o lo ha vivido muy de cerca, más allá del ejercicio del locutor poético o del narrador, Benjamín Rocha apunta al respecto: “Rebolledo no puede, no quiere, no sabe ser un poeta descaradamente autobiográfico y su dolor que, al fin humano, habrá de tenerlo en grado sumo queda oculto tras la exquisita elegancia de su verso”.

Pero no sólo de su verso, también de la prosa que encontramos en Salamandra. De este trabajo cabe apuntar distintos aspectos. Primero el contexto en el que se ha escrito, se trata de una sociedad en la que la moral dominante es la católica y predomina una cultura machista que niega la sensualidad, se vive en la hipocresía, así como en la represión. Se experimenta una doble moral, sin embargo Rebolledo irrumpe con una trama en donde la protagonista, Elena Rivas llama la atención por sus características, no es el prototipo de la mujer de la época y por si esto fuera poco “es la novela más art-nouveau de nuestro modernismo y la primera en que surge la capital post porfiriana. Al centro y al margen de la lucha armada la influencia estadounidense desplaza a la francesa. Elena Rivas –a medias diabolique y a medias flapper- es ya la mujer nueva que anuncia el mundo a punto de surgir entre las ruinas de la guerra”.

Si bien se anuncia algo novedoso en la novela que es en sí misma la protagonista y el ambiente en el que se desarrolla la trama, Rebolledo no deja de lado ese depurado lenguaje de sus descripciones, lo cual denota ese afán por pulir sus obras y por lo bello.

Sobre la estructura de la novela, llama también la atención que está dividida en cortos capítulos encabezados por frases que pertenecen también al texto.

Sobre la historia, hay que mencionar que está presente el erotismo llevado a un nivel de utilización para conseguir someter a la víctima, Elena Rivas se antoja una libertina de acuerdo con Octavio Paz, “el libertino necesita para satisfacer su deseo, saber (y para él saber es sentir) que el cuerpo que toca es una sensibilidad y una voluntad que sufren”.

Desde luego que en Salamandra, Eugenio León y Elena Rivas representan en cierta forma esa figura del libertinaje donde el sadomasoquismo es su punto central, sin víctima no hay libertino.

Salamandra conjuga belleza, sensualidad, claras referencias sobre Sade y Baudelaire, una prosa elaborada donde las descripciones recrean a la sociedad aristócrata de la época y esos ambientes lo mismo de frivolidad que de lujo.

Son temas la perversión, la belleza y los sentimientos más bajos de una mujer que subsiste con una mascara sofisticada, para llevar a cabo su objetivo. Es una novela que trata también de esos nexos de dominio entre dos personas, quizá en la historia de Rebolledo, llevado al extremo.


Bibliografía

Martínez, José Luis. Literatura mexicana del siglo XX 1910-1949. México, SEP-CONACULTA, 1990.374 pp

Pacheco, José Emilio. Antología del modernismo. T1 UNAM, México 1970. 375 pp

Paz, Octavio. La llama doble. Amor y erotismo. México, Seix barral, 1993.223 pp

Phillips, Allen. Cinco estudios sobre literatura moderna. SEP, 1974. 183 pp

Rebolledo, Efrén. Salamandra. Caro Victrix. México, Factoria, 128 pp.









lunes, 8 de febrero de 2010

Francisco Tario (1911-1977)


Cultivador de la narración fantástica, Francisco Tario sembró desde su inicio como escritor, la seducción del misterio en su literatura. Nadie tenía noticia de él en ese ámbito y ningún trabajo había llevado antes ese seudónimo con el que se presentó y se le conoce, -Francisco Peláez era su nombre real- el de su origen, cuando en 1911 nace en la ciudad de México.
Antes de su incursión en las letras había destacado como portero de fútbol, pero radicalmente cambiaría el balón por la pluma y el apellido Peláez por el Tario, surgió entonces el escritor y como tal, frecuentaría diversos géneros: el relato fantástico, la novela realista, la prosa poética, el aforismo y el teatro.
Su primer trabajo aparece en 1943 bajo el título de La noche, un volumen que conjunta quince cuentos en los que construyó “para cada uno de ellos un pequeño drama casi siempre doloroso, fatal, grotesco, nunca feliz ni gracioso, y lo cuenta en la mayoría de los casos, desde dentro de ellos”. En esta serie de relatos encontramos títulos que comienzan con La noche. La noche del féretro, La noche del buque náufrago, La noche del loco, La noche del perro o La noche del muñeco, a excepción del cuento Mi noche.
En su texto Literatura mexicana del siglo XX, José Luis Martínez apunta que el ingreso de Tario a las letras con La noche, es un trabajo en el que se puede percibir y suponer que el escritor tenía contacto con las obras de Jorge Luis Borges y la Antología de la literatura fantástica. Por supuesto que la educación literaria de Tario debió ser más amplia, por ejemplo era asiduo lector de Gorky, Dostoievsky, Eugene Ionesco y James Joyce, entre otros. De igual forma era un personaje que nutrió su sensibilidad artística desempeñando otras actividades, como la de astrónomo, pianista y hasta propietario de una sala cinematográfica.
Se considera que Francisco Tario como escritor, era precavido de caer en excesos morbosos, se distinguía en sus cuentos “un tono de inusitada originalidad y una poderosa materia imaginativa en la que los mundos lívidos y crueles de la locura y de la pesadilla, la obsesión mórbida y toda la gama de la danza macabra se expresaban en relatos capaces de interesar con violencia a sus lectores”.
A la publicación de La noche, en el mismo año siguió la novela Aquí abajo, después con el título de Equinoccio publicó una obra que se caracteriza por contener la llamada escritura fragmentaria. Si bien Tario ante todo es considerado cuentista, en Equinoccio incluye aforismos , epigramas y prosas breves. Sobre la escritura fragmentaria se puede decir que ésta tiene dos rostros, una es de escritura abierta y no conclusiva, la otra, es cerrada y dogmática, propia de las consignas políticas o de los refranes populares.
Se dice que Tario por diversas razones personales no era muy productivo para escribir, razón que hace suponer sus grandes periodos de silencio, además que parte de su obra la realizó en el extranjero, no obstante en su proceso creativo era minucioso, particularidad que se nota en Equinoccio y más tarde en Una violeta de más .
El autor aprovechó la forma concisa y abierta del fragmento para utilizarlo en otro libro de fotografías titulado Acapulco en el sueño (1951), las fotos son de Lola Álvarez Bravo y permiten hacer un nexo entre la fotografía y el estilo de Tario.
Acapulco en el sueño es tal vez el libro más reposado del autor, el que menos angustia refleja.
En los textos que escribió posteriores a Equinoccio y Acapulco en el sueño, Tario tuvo una enorme preocupación por el acabado de sus obras, quizá por ello el motivo de sus silencios literarios, entre trabajo y trabajo.
De 1943 a 1952 publica la mayoría de sus libros, entre ellos Breve diario de amor perdido y Tapioca Inn. Mansión para fantasmas. Es en 1968 que aparece Una violeta de más, el último libro que publica en vida. Se sabe que en los últimos años de su existencia, se dedicó a escribir la novela Jardín secreto, la cual permaneció inédita, inacabada y al menos, según se sabe por testimonios de familia, en tres versiones distintas.
La contribución que Francisco Tario aportó a la literatura vino a complementar un panorama tradicional, cabe decir que no siempre su obra ha tenido la misma suerte editorial. A finales de los ochenta la publicación de Entre tus dedos helados y otros cuentos, antología preparada por Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo, llamó de nuevo la atención sobre este autor que desde su muerte en 1977 había caído en el olvido. Tario era apenas considerado una curiosidad literaria.
Esa antología provocó el rescate de tres obras de teatro que habían permanecido inéditas, El caballo asesinado, Terraza con jardín infernal y Una soga para Winnie, uam, 1989; la reedición de Equinoccio en ese mismo año, un número de Casa del Tiempo y años más tarde la reedición de Una violeta de más y la reedición de Acapulco en el sueño por la Fundación Cultural Televisa.
Asimismo, se publicó Jardín secreto, la novela inédita. Todo esto podría hacer pensar que las cosas se transformaron con respecto a la difusión sobre los trabajos de Francisco Tario, pero no es así. Aunque ya se le incluye en las antologías del cuento mexicano del siglo xx, ya no se le considera tampoco una simple curiosidad y críticos como González Dueñas, Alejandro Toledo y Vicente Francisco Torres entre otros, se han ocupado de él; en la actualidad Acapulco en el sueño es difícil de encontrar y se dice que la edición de Jardín secreto a dos años de ser publicada, se fue al molino casi entera.
Por lo antes expuesto, sin duda una tarea pendiente sigue siendo la publicación de las obras completas de este autor.

Bibliografía y hemerografía

Espinasa, José María. “Francisco Tario y el aforismo. (Algunas hipótesis)”, Casa del Tiempo, UAM, México, diciembre de 2000-enero de 2001.

Martínez, José Luis, Literatura mexicana del siglo XX 1910-1949 México, Sep-Conaculta (Lecturas mexicanas), 1990. p.232-233

Tario, Francisco, Una violeta de más. México, Conaculta, (Lecturas mexicanas, tercera serie, 36), México, 1990. 191pp

Toledo, Alejandro. “Recuerdo de Francisco Tario. (Entrevista con Julio Farell)”, Casa del Tiempo, UAM, México, marzo de 2001.

domingo, 20 de diciembre de 2009

El género en el cine de la Revolución Mexicana
















ELI BARTRA

Resulta muy difícil no caer en clichés, lugares comunes y estereotipos cuando las películas a las
que me voy a referir están plagadas de ellos. Comentaré seis películas cuyo personaje principal es una
mujer y que se desarrollan durante la Revolución Mexicana de 1910-1917. Cuatro de ellas fueron
realizadas en la década de 1940, una en los años 50 y otra en los 60. Sólo pretendo hacer una re-visión de
ellas (en el sentido de echarles una nueva mirada) y mencionare únicamente ciertos aspectos que
muestran lo femenino y unos cuantos rasgos que considero importantes de como son vistas las mujeres y
las relaciones entre los géneros. Esta mirada no será ni semiótica ni psicoanalítica que es como se ha visto
a menudo el papel de los géneros en el cine y es quizá la que domina hoy en este tipo de análisis, sino
simplemente desde y dentro de una socio-estética feminista.
Por lo que se refiere al valor artístico de estas películas todas ellas, a excepción de La negra
Angustias, entran de lleno en lo que se ha llamado churro mexicano. La mayoría son películas malas, unas
más que otras, con uno que otro acierto particularmente fotográfico. Por ello, no me voy a enfocar en el
análisis de los valores artísticos ya que están fundamentalmente ausentes.
En Las abandonadas, Margarita (Dolores del Río) se casa con Julio (Víctor Junco) quien es de
una clase superior a la de ella1 Se cantan las alabanzas de lo maravilloso de ser la Señora de Torreblanca.
Ella es una feliz ama de casa y el es un engañabobos que tiene varias esposas.
El caso es que Margarita al darse cuenta de las mentiras huye, se va lejos y tiene un hijo,
«bendito sea Dios que es hombrecito, porque la verdad las mujeres sufrimos mucho», afirma ella. Toda la
historia es el sufrir de una madre que llega hasta las últimas consecuencias para hacer de su hijo «un gran
hombre». Se prostituye, pide limosna, roba y se vuelve la amante de un falso general de la Revolución,
Julio (Pedro Armendáriz), tan estafador como el tipo con el que se había casado, integrante nada menos
que de la famosa banda del automóvil gris. Este hombre se adueña de ella como objeto personal y la
coloca en una jaula de oro; ella se vende, pero al mismo tiempo tiene que pagar un precio muy alto
porque no puede ver a su hijo... y él es lo más importante para ella. Cuando la justicia descubre al tipo,
Margarita va a dar a la cárcel por encubridora. Ésta es una más de esas películas mexicanas donde se
sublima el papel de la mujer madre hasta limites inconcebibles; el hijo lo es todo. Hay una escena en
donde las mujeres, casi todas prostitutas incluida la madre, salen de cuadro cuando le van a tomar una
foto al hijo de niño, ellas no son dignas de salir a su lado. Y la escena final es sumamente ilustrativa de
esto, en ella se ve al hijo, ya hecho un hombre, bien arriba, está hablando desde una tribuna como desde
un pedestal, y la madre, que según él es igual a Dios, aparece como una miserable pordiosera, sucia, triste
y deshecha allá abajo, bien abajo, entre el público, y lo escucha hablar desde el anonimato. Ni siquiera
como madre de carne y hueso es reconocida ya que él ignora que ella es su madre. La sublimación se da
en abstracto solamente, es la idea de la madre lo que es preciso exaltar, no a la mujer-madre real.
Es interesante, por otro lado, ver aparecer la solidaridad entre dos mujeres. A diferencia de la
constante rivalidad entre ellas plasmada frecuentemente en el cine, Margarita y su amiga Gualupita tienen
una amistad a prueba de todo.
La Revolución aquí no pasa de ser un brumoso telón de fondo, y lo central es la construcción de
un monumento a la santa madre, al sacrificio de una madre. Las mujeres son tontas y perdidas, pero
buenas en el fondo. Lo más importante son «los grandes hombres»: ellos hacen la Historia y las mujeres
sólo pasan como sombras sufridas y abnegadas.
La lucha armada está mucho más presente en Enamorada.2 Aunque los bandos se confunden en
una sola Revolución, ese es el contexto histórico en el que se desarrolla el melodrama del amor entre dos
personas extremadamente temperamentales y violentas. El personaje de ella está inspirado en el de La
fierecilla domada de Shakespeare pero, en realidad, se trata de dos fierecillas domadas que representan, al
final, cada una el papel que le corresponde socialmente. José Juan (Pedro Armendáriz) se enamora de
Beatriz (María Félix) y ella le corresponde sólo cuando él se amansa, se muestra vulnerable y sensible,
cuando tiene que doblar las manos, pedir perdón y controlarse, después de haberle regresado los golpes
que ella le propinó.
En ésta, como en la mayoría de las películas sobre la Revolución Mexicana, las mujeres son un
botín de guerra que es ofrecido y tornado con gran facilidad. Esto fue también cierto en el transcurso de la
lucha armada, como lo es con suma frecuencia en muchas guerras del mundo.
Beatriz es hija de un hacendado y desprecia a los pelados, a los revolucionarios (dice que no
tienen corazón) y a las soldaderas. José Juan, en cambio, defiende a las soldaderas porque son humildes y
abnegadas.
Para José Juan conquistar a Beatriz es un reto, es como ganar una batalla en la Revolución. Le
gusta precisamente por ser una mujer brava, de carácter fuerte, que le planta cara a los hombres y les da
de bofetadas, pero... es preciso domarla (como a las yeguas salvajes). [Foto 1] Ella es, obviamente,
domada y por amor lo deja todo, en primer lugar se desclasa, deja a su familia, a su prometido extranjero
y, en segundo lugar, se deshace de su bravura, ya que se somete y se va tras él, a pie, mientras José Juan
se aleja en su cabalgadura y la mira desde arriba.
Estas escenas en que el hombre mira desde arriba a la mujer que está abajo son recurrentes. Hay
otra escena similar en La Cucaracha que mencionaré más adelante.
A primera vista y de acuerdo con lo que expresa el cura, Beatriz representa lo que no cambia, la
tierra, la tradición y José Juan el cambio, lo revolucionario. Sin embargo, ella es en realidad la que más
cambia, ella NO es la tradición sino que lo deja todo para volverse otra, una persona que antes
despreciaba: una soldadera.
Flor Silvestre es la mujer tradicional por excelencia.3 No hay la más mínima reflexión sobre los
papeles que desempeñan el hombre y la mujer, y mucho menos una crítica. Se subraya el hecho de que
ella al casarse «era como su sombra, siempre detrás de él, besando su pisada», como afirma la
protagonista al hablar de si misma, y su felicidad era servirlo, adivinarle el pensamiento. Su nombre es
Esperanza, nada más lejos de la realidad para ella, cuya esperanza se reduce a ser madre de una nueva
vida para el México grande de la posrevolución.
En La Negra Angustias, la Coronela Angustias hubiera podido acabar igual de sumisa que Flor
Silvestre 0 Beatriz si la película hubiera sido realizada por un hombre; el personaje central estuvo a punto
de hacer lo mismo, someterse a la voluntad del amado.4
La negra Angustias es la historia de una mulata criada por una curandera, una bruja; sin embargo,
al cumplir más o menos 15 años es educada por su padre, Antón Farrera, un bandolero que robaba para
dárselo a los «pobres», una mezcla de Robin Hood y de Chucho el Roto. Ella le hace la comida y lo cuida;
cuando le van a pedir la mano y ella rechaza al pretendiente, el padre respeta su decisión. Al estallar la
Revolución el padre comenta «lástima que yo sea tan viejo y que tu seas mujer». Pero, la figura paterna es
determinante para la decisión de Angustias de participar en la Revolución con un papel dirigente. Es
importante señalar que, tanto en la vida como en el cine, sucede con mucha frecuencia que las mujeres
que han hecho cosas llamadas significativas socialmente y que se suman a lo que se considera importante
en la Historia (en el arte, en la política, en la ciencia...) tienen un padre que también hizo cosas creativas y
excepcionales para la sociedad. Ellos han representado, de alguna manera, un modelo a seguir (a pesar de
la diferencia de género) y a menudo han impulsado a sus hijas.
El contexto de la guerra, de la lucha armada, está bastante claro y bien articulado con la anécdota
de la película, no es simplemente un telón de fondo como en otras.
Las mujeres del pueblo no quieren a Angustias, dicen que parece gallina con espolones y que
seguro no es hembra porque rechaza a todos los hombres. La apedrean y la quieren dañar por
«marimacho». En la novela incluso dicen explícitamente que es lesbiana. Ella representa una amenaza
para la «verdadera identidad femenina» de las mujeres del pueblo. La única que la ayuda es la curandera,
quien le hace una limpia, pero no sirve de mucho porque la siguiente vez que un tipo la quiere violar ella
lo mata a cuchilladas y se ve obligada a huir del pueblo. Es interesante el hecho de que estos dos
personajes femeninos, unidos en una relación de madre-hija no biológica, representan lo marginal dentro
de su marginado género: una es bruja y la otra negra. Es precisamente la negritud de Angustias lo que la
convierte, aún más fácilmente que una mujer de otra raza, en un objeto sexual listo para ser tomado por
los machos.
De repente Angustias decide convertirse en jefe [sic ] de la Revolución; de la noche a la mañana
es «la Coronela Angustias Farrera hija de Antón» que dice que «hay que quitarles a los ricos lo que nos
han robado». A diferencia de otras mujeres bravías del cine de esta época de la lucha armada, Angustias
siempre lleva falda. [Foto 2] Fuma y bebe y hasta se emborracha, pero siempre usa falda y no dice nunca
malas palabras. Al parecer, la Negra Angustias de carne y hueso que vivía en el estado de Guerrero era
muy malhablada.5
En la novela, sin embargo, la Coronela va vestida de hombre. Es sólo antes, en el tiempo en que
vivía en su pueblo y después en el momento en que quiere conquistar al catrín, cuando usa vestido:
«cambio su delicada indumentaria mujeril por los fieros ropajes y arreos del guerrillero: el pantalón de
cuero de venado, la chaquetilla a la mareada, el sombrerón que hacía pavoroso su rostro oscuro, las
espuelas...»6 En muchas de las fotografías de la Revolución en donde aparecen mujeres, estas llevan falda,
sin embargo, hay un montón en las que se las ve con pantalones.7 Y, en algunas de estas resulta difícil,
incluso, descifrar bien a bien el significado del traje de hombre que llevan puesto.
Tres personajes masculinos ayudan de verdad, de manera voluntaria o involuntaria, a Angustias:
su padre y su amigo el Huitlacoche la ayudan porque la quieren; Manolo el maestro de quien se enamora,
la ayuda involuntariamente ya que al ser rechazada por éste, vuelve a ser otra vez ella misma, capaz de ser
independiente y seguir desempeñando un papel activo, significativo, y darse poder a si misma.
Hay una escena poco común en las películas mexicanas.La tropa de Angustias agarra al rural «El
Picado» quien en el pasado la había acosado sexualmente, le dice que hay ella es la que manda y lo
«juzga» en nombre de las viejas de las que se ha burlado (de Piedad, de Rosa, de Lupe la de Agua Fría).
Lo manda castrar y dice que «sólo así son menos malos los hombres». Enseguida se la ve a ella caminar
entre las hojas de los magueyes, a modo de obvia alusión fálica.8 Pero el falo visto aquí como equivalente
a puñal o lanza que lastima, que hace daño.
En estas películas que considero, las mujeres en general no pasan de victimizarse, de quejarse de
lo mucho que sufren justamente por ser mujeres. Pero la Negra Angustias actúa, toma iniciativas frente a
las desigualdades y la dominación masculina.
Hay una escena que nos permite ver coma la directora desarrollo la cuestión de la relación entre
la protagonista y otras mujeres. Hacen prisionero a un ingeniero y lo van a fusilar. Llega la novia de éste a
pedirle a Angustias «de mujer a mujer» que lo libere y le dice: «La Revolución es justicia, pero nunca
felonía» .Esto no ablanda a Angustias, pero cuando le dice que está embarazada y que su hijo será
huérfano antes de nacer, eso si la hace reaccionar y libera al hombre. Como de costumbre, aparece la
maternidad como el motor fundamental que impulsa a las mujeres. Esto es una constante hasta en esta
película realizada por una mujer.
Angustias hace varios comentarios sobre la feminidad y la masculinidad. Par ejemplo, dice
despectivamente «asco de las mujeres, no entiendo, verdad de Dios, son todas como la cabra amarilla»
haciendo referencia a las cabras que de niña cuidaba en el monte. Pero también dice a propósito de las
prostitutas que «esas son las que merecen más respeto porque soportan la peste y la brutalidad de los
hombres». La preocupación y el cuestionamiento hacia los papeles culturalmente asignados a los géneros
está muy marcada en La Negra Angustias.
Angustias es analfabeta, quiere aprender a leer y aparece un maestro rubio, de ojos claros, bien
catrín y un tanto afeminado para enseñarle. En la escena en la que ella lo contrata, el va detrás de las
faldas de su madre quien es la que habla e interactúa con Angustias y canta las alabanzas de su hijo.
El no quiere saber nada de la Revolución y, además, dice que la guerra no es para mujeres.
Angustias se enamora del maestro y, como sucede siempre, actúa de acuerdo con los atributos que se
consideran femeninos, se muestra modosita, dócil, buena niña, suave y se emperifolla. Para él se vuelve
momentáneamente chiquita, mansa, idiota y se sume en la tristeza cuando él la rechaza por razones de
clase y de raza. Angustias piensa que el maestro no la quiere por pobre, por fea y por negra. Aquí se
presenta una inversión de papeles, ella es quien se le declara; ella es una ruda campesina negra convertida
en coronela, en un papel social masculino, con un cierto poder, y él, un delicado y blanco maestro urbano
dominado por su madre. Para él, la relación sería imposible; la cuestión de la diferencia de razas aparece
claramente cuando le dice que «su unión seria una cruza absurda...»
Está tan dolida por el amor no correspondido que ya no quiere ni irse con su tropa, pero los
federales matan frente a ella a su amigo Huitlacoche y entonces ella reacciona y se va, huyendo al mando
de su tropa y gritando « Viva la Revolución, Viva México». Angustias, como la mayoría de las mujeres,
aún teniendo conciencia del significado de la lucha revolucionaria, estaba dispuesta a dejarlo todo por su
amor, pero al ser rechazada puede seguir adelante haciendo la Revolución, al frente de los hombres y no
detrás como soldadera. A caballo y no a pie. Sin embargo, en la novela el final no es así; ahí Angustias se
somete al maestro quien no la ama y la desprecia, pero utiliza el hecho de que es Coronela de la
Revolución para conseguir trabajo en el gobierno. Ella termina viviendo en la Ciudad de México, en una
pobre vecindad y con un hijo, prisionera de su amor imposible.
Emilio García Riera, el reconocido crítico de cine y autor de la historia monumental del cine
mexicano no puede con esta película y con el proto- feminismo de la directora Landeta. Argumenta que el
final previsto era que Angustias se quedaba con el maestro y se convertía en una vecina de la ciudad de
México, «Este final, no se por que, fue cambia do en la película», se pregunta9 ¿No entiende por que la
realizadora cambió un final en donde la mujer se vuelve esposa-ama de casa y madre por el de una
Angustias, Coronela de la Revolución, libre y con poder? Tampoco entiende que Angustias rechace a los
hombres a pesar de que intentan violarla en más de una ocasión y escribe «la repugnancia de la Negra
ante el sexo»10 Pienso que no es precisamente lo mismo rechazar el sexo que rechazar el sexo forzado, o
sea la violación; no es lo mismo repudiar a los machos brutales que a los hombres, ya que ella, a fin de
cuentas, se enamora de un hombre. Es preciso mencionar que el maestro también es machista, lo cual no
tiene nada que ver con el hecho de que sea lo que se ha dado en llamar «afeminado». Se puede ser las dos
cosas al mismo tiempo ya que lo primero es una cuestión ideológica y lo segundo, en general, sólo se trata
de modales.
De estas películas, a mi juicio, ésta es la mejor en muchos sentidos, incluso estéticamente, pero
sobre todo en el tratamiento de la relación entre los géneros y en la forma de entender lo femenino. Es una
excepción dentro del cine mexicano porque es, además, excepción Matilde Landeta como una de las
primeras realizadoras dentro de la industria del cine nacional. Julia Tuñon, historiadora estudiosa del cine
de mujeres, ante la escena de la castración afirma: «Lo anterior puede hacernos suponer que estamos ante
una película feminista; no es tal. Las escenas anteriores muestran a una Angustias castradora porque está
castrada en su feminidad y que, ante el llamado del amor, se doma; procura cambiar...»11 Angustias no es
lo que se entiende comúnmente por una mujer castradora, castra a un violador por venganza, para hacer
justicia por su propia mano; es más, no hay nada que haga suponer que su feminidad está castrada. Se
enamora y no es correspondida, eso es todo. ¿Cuando un hombre se enamora y no es correspondido se
dice que está castrado en su masculinidad?
A pesar de haber producido una gran película como La Negra Angustias, la industria
cinematográfica nacional seguía empeñada en mostrar, una y otra vez, la concepción más tradicional
hacia las mujeres. La película La Cucaracha empieza cuando el Coronel Antonio Zeta (el «Indio»
Fernández), villista, y sus Panteras del Norte entran en un pueblo tristes y derrotados.12 La Cucaracha
(María Félix) trepada en una barda los observa y se ríe de ellos a carcajadas. Ésta es una de sus primeras
agresiones y muestras de su animadversión hacia el Coronel Zeta. Enseguida él le dice a la Cucaracha que
se vaya porque no quiere mujeres en el cuartel, pero ella le responde que es un soldado (sic) y que ahí se
va a quedar. Los integrantes de la tropa de Zeta opinan que las mujeres revolucionarias son sólo unas
«viejas mitoteras».
Le dicen la Cucaracha por rodadora, porque no se conforma con un sólo macho, le quita el suyo
a las demás. Aparece aquí nuevamente la mujer que, en cierta medida, trastoca su papel de género se viste
de hombre y usa fusil, toma alcohol, dice leperadas, y es tratada de prostituta. Zeta le dice en una escena:
«yo vine para pelear y usted está aquí pa'lo que está» o sea para acostarse con todos.
La Cucaracha es «soldado», como dice ella, y anda metida en la lucha armada. Sin embargo
opina que la Revolución es para morirse y que los revolucionarios son unos salvajes que golpean y matan.
En la leva de federales se llevan a todos, hasta a los niños y al maestro de la escuela del pueblo,
quien poco después muere en campaña. Su viuda, Isabel (Dolores del Río), pasa de ser una feliz ama de
casa a un alma buena vestida de negro que se desliza como sombra y finalmente acaba de soldadera; se
arrejunta y enviuda nuevamente. Muy buena, muy buena, pero es ella la que arrebata hombres porque le
quita el coronel Zeta a la Cucaracha.
La Cucaracha es la «hembra bravía» que se viste con colores vivos e Isabel es la esposa y viuda
abnegada, vestida de negro, que llora y llora. Ahora bien, es interesante ver cómo llevan al extremo la
bravura de la Cucaracha que hasta aparece disparando desde la primera línea de fuego. Pero lo principal
es que es una «mala mujer» que hasta echa a perder a la gente porque les da de tomar, en cambio Isabel es
la buena y por eso el Coronel la acaba prefiriendo. Moraleja: no seas independiente, fuerte, bravía y
«libertina» o te abandonaran por una mujer «como Dios manda».
Cuando la Cucaracha logra conquistar al Coronel Zeta es porque le da una bofetada y él,
mostrando su fuerza, le ordena que se desnude porque ahora va a ser mujer; como si antes y vestida con
pantalones no lo fuera. La obliga a ponerse en el suelo y ella mira desde arriba, para acentuar su poder.
Ella gustosa se entrega, se somete. En la siguiente escena ya sale vestida con falda, agarradita de la mano
del coronel. Ante esto las soldaderas le dicen «¡Ya murió mi Cucaracha!» Pero ella contesta: «¡Ahora es
cuando nace!». Y en seguida la interpelan: «¿Qué se siente ser vieja?».
En esta película se enfrentan y contrastan, pues, las dos imágenes femeninas archiconocidas: la
rodadora-marimacho y la señora-viuda, respetable, pero rejega que no hace caso a los hombres; la puta y
la santa. Son dos mujeres enamoradas de un hombre y hay dos hombres (el «Indio» Fernández y Pedro
Armendáriz) enamorados de una mujer: la Cucaracha. Los dos hombres mueren por ella y al final, ellas
juntas, como si de alguna manera se hermanaran, se van a la Revolución como soldaderas, a ver a quienes
les van a echar las gordas ahora y a cargarles el fusil para que ellos echen bala.
La Cucaracha dice de si misma que es basura, pero de pronto tiene algo en ella que no lo es, tiene
un hijo de Antonio Zeta y dice que quiere que sea como su padre. No podía faltar la sublimación de la
maternidad. Los papeles de las mujeres en esta película son muy claros aunque a menudo contradictorios,
y todos ellos responden a los consabidos estereotipos. Las del montón recogen a los heridos, lavan ropa,
cocinan, tienen que «jalar parejo adonde vaya su hombre», sirven para calentar a los hombres de la bola y
para rezar. Cuando va a nacer un bebe no puede faltar el «¡ojalá sea machito!». Y el texto final es un
botoncito de muestra de la invisibilidad de las mujeres, aún cuando supuestamente ellas son las
protagonistas de esta historia, dice «... y junto con sus hombres y sus hijos, hicieron la Revolución
Mexicana». Las mujeres, se infiere... las innombradas.
En La Soldadera, Lázara (Silvia Pinal) se casa con Juan quien es enrolado de inmediato en las
filas federales.13 Ella es una vez más esa sombra perruna que sigue a pie a su amo en turno por los campos
de batalla. Los villistas matan al marido y ella toma un arma y se va con los vencedores, los hombres van
montados, las mujeres caminando. Ahora es un villista el que se «adueña» de ella y le ordena: «no te
quedes ahí parada, búscate que comer» al tiempo que le quita el fusil de las manos, es desarmada.
El guión hace de Lázara una víctima: «ah, que suerte la de nosotras las mujeres» y «la guerra no
se hizo para las mujeres, pero hay que seguir a nuestros hombres». Sin embargo, se presenta una
secuencia que rompe con la pasividad de estas soldaderas-víctimas: una mujer le pone un fusil en las
manos a Lázara, le cruza el pecho con cartucheras, y le enseña a disparar. Inmediatamente aparecen
escenas de mujeres solas disparando, luchando en la bola, saqueando una tienda, pero claro, se muestra en
seguida también el tópico de la rivalidad entre ellas.
Tal parece que las mujeres están muy presentes y muy activas a lo largo de la película, pero, así
como los hombres hablan de las razones de la Revolución, de la tierra y de la libertad, a Lázara lo único
que le interesa es su casita, (la que no ha tenido ). A ella le importa un comino la Revolución, por eso tan
pronto está con los federales como con los villistas o los carrancistas. Ella sólo va de un hombre a otro
suspirando por tener una casa y se la pasa llorando la mitad de la película eso sí, con las cartucheras bien
puestas. [Foto cubierta]
Lázara no es un juguete del destino sino un producto de los prejuicios sexistas del director. Dice
García Riera que « La Soldadera es lo contrario de La Cucaracha (...) y eso ya resulta un elogio.»14 ¿Por
que lo contrario? El papel fundamental atribuido a la soldadera: el de seguir al hombre en turno -es el
mismo en una película y en la otra. Así como en ambas aparece el personaje femenino disparando un fusil.
No es posible percatarnos, a través del cine, de los papeles reales desempeñados por las mujeres
durante el proceso revolucionario, como tampoco podemos saber del papel real de los hombres. Lo único
que se puede ver es cual es la representación, cuáles son los estereotipos que crearon los directores y la
directora en estas películas que he comentado. Por otro lado, hasta la fecha no se ha escrito la historia de
la participación de las mujeres y de cómo se dio la relación entre los géneros durante la Revolución.
Tenemos únicamente unos cuantos retazos sueltos. En las películas se confunden con frecuencia el
personaje de la soldadera con el de la prostituta, pero ¿cómo eran en la sociedad? De lo que si nos
podemos percatar a través de estas y otras películas es de cual era la imagen de la Revolución que se
quería dar en la década de 1940 ya en el postcardenismo, y en las dos décadas subsiguientes, así como de
los papeles genéricos.
Coincido con García Tsao cuando afirma que en el cine mexicano de la Revolución «se impuso
la mirada mistificadora, signada por un furor nacionalista, el culto a la personalidad caudillista y la
creación de estereotipos.»15 Sean de la clase social que sean las mujeres siempre aparecen cocinando, ésta
es definitivamente una constante en estas películas. Como constante fue para las mujeres esa actividad y
otras similares como lavar ropa, durante la Revolución.
En estas películas se muestran los arquetipos de la feminidad: madre, seductora y musa. La
soldadera, de alguna manera, conjuga en ella misma a las tres aunque no simultáneamente. Son, además,
las tres imágenes que han definido históricamente a lo femenino, porque han sido también las funciones
culturales de las mujeres por excelencia. Incluso en La Negra Angustias el corazón de madre aparece en
todo su esplendor. El cine en general, como dijo Gertrud Koch, «son más bien reflejos y productos de la
naturaleza interna de los sujetos, de los deseos, necesidades, ideales eróticos, instintos, etcétera, que
representaciones de un mundo exterior o social».16 Si bien este cine no nos ayuda a conocer que fue en la
realidad la Revolución Mexicana ni de que manera participaron las mujeres y los hombres, si nos informa
de los valores supremos que se enaltecen sin cesar y que integran la ideología dominante: la patria, la
iglesia, la religión, el machismo, la familia, la maternidad, el amor (sobre todo el que implica
sometimiento)... valores estos con los que el cine ha contribuido, sin lugar a dudas, a ir conformando el
imaginario colectivo de un pueblo y en particular los papeles y las identidades de género.

sábado, 12 de diciembre de 2009

10 DETALLES SOBRE JOSÉ EMILIO PACHECO




Aquí algunos datos sobre el autor de Las Batallas en el desierto:

1. Aunque ganó el Premio Cervantes, dice que no es especialista en la obra de ese autor, pero ha leído tres veces el Quijote.

2. Pacheco es gran admirador de la obra de Jorge Luis Borges y en 1999 ofreció unas conferencias sobre el autor argentino. Además es experto en literatura mexicana del siglo XIX.

3. Es el segundo autor en obtener en el mismo año el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Premio Cervantes. En 2006 Antonio Gamoneda había conseguido ambas preseas.

4. Su obra Las Batallas en el Desierto, además de inspirar la película Mariana, Mariana en la que actuaron Elizabeth Aguilar y Luis Mario Quiroz, también dio pie a la canción Las Batallas de Café Tacvba.

5. Al escritor, quien estudio Derecho y Filosofía en la UNAM, no le agradan las entrevistas, pues asegura que siempre dice lo mismo. Además nunca se ha sentido capaz de definir conceptos como la poesía, el sol o el amor.

6. José Emilio, esposo de la periodista Cristina Pacheco, confesó que se volvió más conocido luego de que hace unos años el cantante español Julio Iglesias lo mencionara en una entrevista. También el intérprete Víctor Manuel ha recomendado la lectura de su obra.

7. La Orquesta Sinfónica de Nuevo León, presentó en 1995 El reposo del fuego, compuesta por Gustavo A. Farias García, basada en el libro del mismo título de Pacheco.

8. En 2002 fue considerado por la revista Letras Libres, que hizo una encuesta entre sus lectores, como "el mejor poeta vivo de México".

9. Pacheco dice que la poesía es un "arte privado" que no puede, ni debe, competir con actividades deportivas como el futbol o el mundo de la farándula.

10. Según el autor, la televisión es enemiga de la lengua española "porque ha roto con la gramática del castellano y se olvidó de respetar la concordancia".

Redacción
El Universal
Ciudad de México Martes 01 de diciembre de 2009
00:57 José Emilio Pacheco obtuvo el Premio Cervantes 2009 y mencionó que le parece "irreal" recibir tal distinción.

martes, 17 de noviembre de 2009

La sombra del caudillo. Novela de Martín Luis Guzmán




"Martín Luis Guzmán en su narración recrea una etapa de la historia política de México en los turbulentos años veinte, la sucesión presidencial y la carrera por llegar a ella de los contendientes, Hilario Jiménez e Ignacio Aguirre. La inminente sucesión al poder está casi por decidirse, pero depende más da la aprobación del Caudillo que de la decisión democrática del pueblo".

El autor estructura su relato en seis partes llamadas libros, que a su vez están divididas en capítulos, donde el lenguaje directo, sencillo y sin rebuscamientos nos lleva a las escenas de la historia sin mayores embrollos.
Martín Luis Guzmán deja observar en La sombra del caudillo, un estilo equilibrado porque no sumerge al lector en excesos lingüísticos, en cambio va al punto de los hechos que relata. De tal forma que nos encontramos frente a una novela de fácil, amena e interesante lectura.
Merece la pena destacar que el suceso que se aborda en la novela, de por sí es de trascendencia por el significado político en nuestro país, pero ese sólo hecho representa un reto cuando de contarlo se trata a través de la literatura. Estructurar, adecuar y matizar en la narrativa un acontecimiento como el que nos relata el autor, ha implicado retomar del testimonio personal y de la noticia de los diarios, el hecho por sí mismo, para narrarlo con templanza y mesura, pero sin dejar de lado el interés.
La pluma de Martín Luis Guzmán, nos ha dado un testimonial histórico, en una novela atrevida –no sólo en el momento de su publicación-, ello no supone que en la actualidad esté fuera de lugar la crítica aguda que en ella encontramos, hacía los principales actores de la política en México. Desafortunadamente en mucho no se ha cambiado.
Precisamente, en esta obra desfilan personajes inmersos en el ambiente político de la época, ellos enarbolan los principios de la Revolución y en nombre de ellos actúan, califican y descalifican a sus opositores; sin embargo vemos en ellos a personajes incongruentes con esos principios, incongruentes entre aquello que magnifican y lo que hacen.
En momentos los diálogos entre los personajes y sus respectivas reflexiones, se vuelven esa crítica al sistema político mexicano y a sus principales actores; una crítica que conlleva la realidad social de las mayorías que padecen los estragos de la pobreza, pero que continúan con la esperanza de que sus líderes políticos los lleven hacía un horizonte mejor, por eso acceden una y otra vez a sus promesas.
El pueblo, representado en la novela por esos anónimos indígenas acarreados, nos dejan observar, que aunque el país tiene depositado el poder en un caudillo, el pueblo parece sufrir una suerte de orfandad.
En este relato hay víctimas y victimarios, pero nunca héroes –aunque algunos de los personajes así se consideren-, se trata de hombres que viven el día a día guiados por un objetivo y apegados a las circunstancias que se van entretejiendo. Como se ha dicho no hay héroes, pero se percibe en personajes como el mismo caudillo, Hilario Jiménez o Ignacio Aguirre, esa convicción de ser por instantes el todopoderoso de la política.
Existen en la novela personajes analfabetas, oportunistas, arribistas y algunos letrados, pero casi todos motivados por el poder directa o indirectamente. Es una historia también de traiciones, conveniencias y corrupción llevados a sus últimas consecuencias.
De cualquier modo para los protagonistas siempre habrá justificación de sus actos, así lo hace ver Remigio Tarabana frente a Ignacio Aguirre:
“La calificación de los actos humanos no es sólo punto de moral, sino también de geografía física y de geografía política. Y siendo así, hay que considerar que México disfruta por ahora de una ética distinta de las que rigen en otras latitudes...”
Con esta ética los personajes de La sombra del caudillo existen, por eso Martín Luis Guzmán nos proporciona en su obra la visión sobre la Revolución, desde la cúpula del poder y que en actores políticos de la talla de un Catarino Ibáñez, se traduce en su convicción de ser el claro ejemplo de que la Revolución sí ha hecho justicia, por lo menos a sujetos como él que posee una riqueza ambicionada desde su juventud humilde; y ya como gobernador, puede compartir entre los menesterosos un bocado, aunque sea una dádiva.

Es así que la pluma de Martín Luis Guzmán nos relata un suceso de la historia con precisión verbal, nada sale sobrando en su narración; las escenas las va pintando con verisimilitud y a detalle, para transportarnos a la época y permitir asomarnos a ese momento de nuestra historia a través de la literatura.