lunes, 6 de septiembre de 2010
En las montañas de la locura
sábado, 21 de agosto de 2010
Efrén Rebolledo. Vida y obra
Justicia
Eternidad
Muerte
martes, 9 de marzo de 2010
Botella al mar para el dios de las palabras
Discurso ante el I Congreso Internacional de la Lengua Española
Gabriel García Márquez
A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor, que tenían un dios especial para las palabras.
Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor.
No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.
La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y cuatro significados, mientras en la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazo un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que Don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso?
Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempos no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa.
En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?
Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis doce años.
La Jornada, México, 8 de abril de 1997
lunes, 8 de febrero de 2010
Francisco Tario (1911-1977)

Antes de su incursión en las letras había destacado como portero de fútbol, pero radicalmente cambiaría el balón por la pluma y el apellido Peláez por el Tario, surgió entonces el escritor y como tal, frecuentaría diversos géneros: el relato fantástico, la novela realista, la prosa poética, el aforismo y el teatro.
Su primer trabajo aparece en 1943 bajo el título de La noche, un volumen que conjunta quince cuentos en los que construyó “para cada uno de ellos un pequeño drama casi siempre doloroso, fatal, grotesco, nunca feliz ni gracioso, y lo cuenta en la mayoría de los casos, desde dentro de ellos”. En esta serie de relatos encontramos títulos que comienzan con La noche. La noche del féretro, La noche del buque náufrago, La noche del loco, La noche del perro o La noche del muñeco, a excepción del cuento Mi noche.
En su texto Literatura mexicana del siglo XX, José Luis Martínez apunta que el ingreso de Tario a las letras con La noche, es un trabajo en el que se puede percibir y suponer que el escritor tenía contacto con las obras de Jorge Luis Borges y la Antología de la literatura fantástica. Por supuesto que la educación literaria de Tario debió ser más amplia, por ejemplo era asiduo lector de Gorky, Dostoievsky, Eugene Ionesco y James Joyce, entre otros. De igual forma era un personaje que nutrió su sensibilidad artística desempeñando otras actividades, como la de astrónomo, pianista y hasta propietario de una sala cinematográfica.
Se considera que Francisco Tario como escritor, era precavido de caer en excesos morbosos, se distinguía en sus cuentos “un tono de inusitada originalidad y una poderosa materia imaginativa en la que los mundos lívidos y crueles de la locura y de la pesadilla, la obsesión mórbida y toda la gama de la danza macabra se expresaban en relatos capaces de interesar con violencia a sus lectores”.
A la publicación de La noche, en el mismo año siguió la novela Aquí abajo, después con el título de Equinoccio publicó una obra que se caracteriza por contener la llamada escritura fragmentaria. Si bien Tario ante todo es considerado cuentista, en Equinoccio incluye aforismos , epigramas y prosas breves. Sobre la escritura fragmentaria se puede decir que ésta tiene dos rostros, una es de escritura abierta y no conclusiva, la otra, es cerrada y dogmática, propia de las consignas políticas o de los refranes populares.
Se dice que Tario por diversas razones personales no era muy productivo para escribir, razón que hace suponer sus grandes periodos de silencio, además que parte de su obra la realizó en el extranjero, no obstante en su proceso creativo era minucioso, particularidad que se nota en Equinoccio y más tarde en Una violeta de más .
El autor aprovechó la forma concisa y abierta del fragmento para utilizarlo en otro libro de fotografías titulado Acapulco en el sueño (1951), las fotos son de Lola Álvarez Bravo y permiten hacer un nexo entre la fotografía y el estilo de Tario.
Acapulco en el sueño es tal vez el libro más reposado del autor, el que menos angustia refleja.
En los textos que escribió posteriores a Equinoccio y Acapulco en el sueño, Tario tuvo una enorme preocupación por el acabado de sus obras, quizá por ello el motivo de sus silencios literarios, entre trabajo y trabajo.
De 1943 a 1952 publica la mayoría de sus libros, entre ellos Breve diario de amor perdido y Tapioca Inn. Mansión para fantasmas. Es en 1968 que aparece Una violeta de más, el último libro que publica en vida. Se sabe que en los últimos años de su existencia, se dedicó a escribir la novela Jardín secreto, la cual permaneció inédita, inacabada y al menos, según se sabe por testimonios de familia, en tres versiones distintas.
La contribución que Francisco Tario aportó a la literatura vino a complementar un panorama tradicional, cabe decir que no siempre su obra ha tenido la misma suerte editorial. A finales de los ochenta la publicación de Entre tus dedos helados y otros cuentos, antología preparada por Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo, llamó de nuevo la atención sobre este autor que desde su muerte en 1977 había caído en el olvido. Tario era apenas considerado una curiosidad literaria.
Esa antología provocó el rescate de tres obras de teatro que habían permanecido inéditas, El caballo asesinado, Terraza con jardín infernal y Una soga para Winnie, uam, 1989; la reedición de Equinoccio en ese mismo año, un número de Casa del Tiempo y años más tarde la reedición de Una violeta de más y la reedición de Acapulco en el sueño por la Fundación Cultural Televisa.
Asimismo, se publicó Jardín secreto, la novela inédita. Todo esto podría hacer pensar que las cosas se transformaron con respecto a la difusión sobre los trabajos de Francisco Tario, pero no es así. Aunque ya se le incluye en las antologías del cuento mexicano del siglo xx, ya no se le considera tampoco una simple curiosidad y críticos como González Dueñas, Alejandro Toledo y Vicente Francisco Torres entre otros, se han ocupado de él; en la actualidad Acapulco en el sueño es difícil de encontrar y se dice que la edición de Jardín secreto a dos años de ser publicada, se fue al molino casi entera.
Por lo antes expuesto, sin duda una tarea pendiente sigue siendo la publicación de las obras completas de este autor.
Bibliografía y hemerografía
Espinasa, José María. “Francisco Tario y el aforismo. (Algunas hipótesis)”, Casa del Tiempo, UAM, México, diciembre de 2000-enero de 2001.
Martínez, José Luis, Literatura mexicana del siglo XX 1910-1949 México, Sep-Conaculta (Lecturas mexicanas), 1990. p.232-233
Tario, Francisco, Una violeta de más. México, Conaculta, (Lecturas mexicanas, tercera serie, 36), México, 1990. 191pp
Toledo, Alejandro. “Recuerdo de Francisco Tario. (Entrevista con Julio Farell)”, Casa del Tiempo, UAM, México, marzo de 2001.